¿Cuándo se es humano y cuando se deja de serlo? ¿Cuándo se es lo suficientemente ético para no continuar? ¿Cuándo el periodista se convierte en el monstruo y los criminales en corderos?

Si desde aquí partimos, lo único que queda claro es que en ocasiones no existe ética por cumplir cuando se es periodista. Al menos es la imagen que Trupan Capote (la película) nos hace llegar a través de la actuación que le valió el Oscar como mejor actor a Philip Seymour Hoffman. Hombre de convicción Capote persigue a toda costa su fechoría y nos permite indagar en las tácticas y estrategias empleadas en la consumación del éxito a través de la publicación de su última novela A sangre fría.

1966 y Holcomb sueña con trigueras y cielos azules de los cuales descienden ilusiones. Con la soga atada al cuello Perry y Hickook yacen en la conciencia del pueblo pero también en la de Capote, quien entre líneas deja ver al “ser humano” capaz de conmoverse por la vida de dos hombres condenados al cadalso.

Dos visiones se contraponen. La voz del escritor homosexual que denuncia a través de un relato de no ficción el actuar de dos criminales a los que con el paso de la historia va sensibilizando a tal grado que el lector llega a sentir empatía por ellos; (en mi caso me atrevo a decir; los justifico), al menos a Perry cuya historia nos habla de un hombre corrompido por su destino.

Por otro lado se encuentra la visión de Bennett Miller quien basado en el texto de Gerald Clarke “Capote una biografía” inmiscuye al espectador en el proceso creativo de Truman y nos comprueba la frialdad que puede llegar a existir tras la búsqueda de “la nota”.

La historia lo es todo, sin embargo al apreciar ambas partes puede asegurarse que si lo que se busca es un ángulo de 360 grados sobre la construcción de la misma, es imprescindible sumergirse en ambas versiones.

Y ahí, justo en el punto donde se fusiona la cinematografía con la literatura es que las dudas se hacen presentes. Es ese el momento adecuado para poner en cuestión discursos tan complejos como el derecho a vivir, decidir o morir.

Es ahí entonces, cuando viene a la mente la culpabilidad que en algún momento puede llegar a sentir Capote pues a través de su investigación logra prolongar los años de juicio para los asesinos de los Clutter.

En todo caso, Truman Capote la película nos deja pensado en el cargo de conciencia con el que el escritor de A sangre fría termina su novela después de cinco años. Un lapso en el cual se hace “testigo a voz” de los hombres que brutalmente asesinaron a la familia, un periodo en el cual, parece entablar una relación más allá del entrevistado entrevistador.

Es decir, la de un amor casi paternal por Perry, quien abismado en su dolor por haber cometido tan terrible crimen se deja cobijar por los cuidados de Truman quien aprovecha su estado de fragilidad para sustraer todos aquellos datos que convierten a Hickook y Perry en despiadados asesinos sin darse cuenta que entre más indaga, más va trazando con ellos el cumplimiento de su condena.

Por ende el largometraje en torno A sangre fría representa lo que calla la novela, las sensaciones del autor que no pueden vislumbrarse a través de la narración omnisciente. La tormenta que se vive al no poder separar el espacio humano del periodístico. Pues después de todo, la monstruosidad que el periodista va forjando en el camino, es tan sólo un reflejo de nuestra deleznable sociedad.

Para prueba basta un botón. Regresar el tiempo a la entrevista que alguna vez se le hizo a Capote donde tartamudo y ebrio aseguró: “Soy marica, borracho y chismoso…pero soy un genio”.

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